De repente, me desprendo de esa rama, que hasta este momento
había sido mi padre, mi madre, mi sustento…, y comienzo a dibujar en el aire
una caída sinuosa, desafiante, resistiendo la seducción de la gravedad. Miro
por última vez ese tronco que conoce el secreto de mi origen y sus intrincados pliegues
que más de una vez me animé a tocar en alguna tarde tormentosa. Hasta que una
ráfaga de un viento furioso y frío como no había conocido hasta hoy me arrastra
violentamente, lejos, hacia el cielo. Doy vueltas y vueltas y cuando abro lo
ojos me rodea una inmensidad celeste. Me cruzo, entonces, con un pájaro, que me
mira indiferente en medio de su esforzado vuelo. Permanezco suspendida un
instante eterno aguardando el momento de la inevitable caída pero un nuevo
soplido de ese obstinado viento me lleva más alto, más alto…, más cerca del
sol. Desearía continuar este ascenso para fundirme en su cuerpo incandescente,
para unirme en el final con mi principio. Sin embargo, debo contentarme con haber
llegado más cerca de él que la mayoría de mis hermanas. Y, ante la calma, tal
vez olvido, de mi caprichoso jinete, recomienzo mi descenso. Me divierto con
miles de acrobacias, jugueteo con las nubes díscolas que se atreven a alejarse
del rebaño y, cada tanto, vislumbro la lejana tierra, que será mi último lecho.
Aquellas personas, árboles, objetos, casas, que hace un pequeño rato eran
diminutas van adoptando lentamente la dimensión a la que estoy acostumbrada.
Paso a pocos metros de una chica que, sentada en el banco de una plaza,
contempla con tristeza los cambiantes colores del atardecer. Me quedo
admirándola, adormecida por el vaivén de mi caída, y por un instante llego a
ver mi reflejo en una lágrima que se desliza por su mejilla. Mientras recorro
pausadamente los últimos centímetros que me separan del suelo me sorprende
encontrar un muchacho que sigue con atención mi periplo. Su rostro tenso se
afloja por un momento, dispersándose las sombras de antiguas y recientes
preocupaciones. Una tímida e incrédula sonrisa busca abrirse paso por su rígida
mandíbula. Disfrutando este pequeño logro me poso finalmente sobre
la hierba. Y me quedo saboreando las últimas gotas de savia, que determinarán mi
final.
Fecha de origen: 03/12
No hay comentarios:
Publicar un comentario