Fue una gran satisfacción poder encontrar en medio de esta agobiante acumulación de cemento un rincón, un refugio, en donde la naturaleza pudiera asentarse y prosperar. Por eso, con mucho entusiasmo, llenamos de tierra el fondo de mi casa y colocamos encima un puñado de panes de pasto.
Y pudimos ver así con alegría como la naturaleza se desarrollaba y afirmaba. Como el pasto, apenas un leve retoño al comienzo, iba tomando color, cobrando vigor, ganándole centímetros al cielo; como los yuyos proliferaban por doquier; como asomaban, al principio tímidas pero luego con total desfachatez, unas bellas flores silvestres; como se multiplicaban, por aquí y por allá, pequeños tréboles.
Y cuando llegó el momento de poner orden en ese jardín, de cortar el pasto, eliminar los yuyos, sembrar unas flores bonitas en los lugares pertinentes…, sentí pena. No quería limitar esa vida que se abría paso, que se imponía y llenaba todo de color, movimiento y pasión.
Y la naturaleza, dejada a su libre albedrío, continuó su avance implacable. Donde había pasto surgieron arbustos, por las paredes comenzaron a trepar enredaderas y también se elevaron árboles de la tierra, inicialmente escuálidos y pequeños pero con el tiempo ganando fortaleza y tamaño.
No me preocupé entonces por esa naturaleza desbocada que tomaba el control de mi jardín. Y tampoco me inquieté cuando una noche me sorprendió la mirada de una hiena a través de la ventana del living.
Sin embargo, la aparición física de semejante bestia en un lugar tan cercano a nuestra vida cotidiana atemorizó al resto de los integrantes de mi familia, que me pidieron que interrumpiera el avance incontenible de esa jungla que parecía estar a punto de meterse en nuestra casa.
Sin embargo, algo en mi interior me lo impidió. Estaba imposibilitado de levantar la mano contra esa vida salvaje que había logrado abrirse paso en el medio de la gran urbe. Ese reducto único, santuario de libertad…
Y una mañana, cuando me levanté, me sentí extraño. Quise decir algo pero me salió un gruñido. Giré la cabeza y vi que mi mujer me miraba con el rostro lleno de pavor. Y me brotó un deseó incontenible de correr. Bajé las escaleras, atravesé el living y me interné con gran alborozo en la maleza,... para no regresar.
Fecha de origen: 10/11