jueves, 24 de noviembre de 2011

Noche de concierto

Ingresó de la mano de su mujer por la puerta central del edificio. Con el rostro relajado y una sonrisa profunda. Era una noche de concierto y estaba eufórico. Ansioso, tiraba de la mano que lo sujetaba queriendo apresurar el paso del tiempo. Una vez en la butaca, se puso a contemplar ávidamente todo lo que sucedía en la sala. Cómo los músicos de la orquesta se iban ubicando lentamente en sus sillas y sacaban los instrumentos de los estuches, cómo iba ingresando el público por los diferentes accesos: caras tensas, alegres, despreciativas, indiferentes, se mezclaban en un torrente heterogéneo que iba llenando en forma incontenible los espacios vacíos. Y cuando la orquesta, bajo las indicaciones del concertino, comenzó a afinar sus elementos fijó la mirada anhelante en el escenario.

Instantes después el director atravesó una puerta y se dirigió al podio para dar inicio a la obra. Ya desde los primeros acordes la música lo sacudió en la butaca. El sonido de los violines penetró por su frente, se deslizó por sus vías respiratorias y desde allí ingresó en sus venas para extenderse por todo el cuerpo. Los cellos y contrabajos retumbaron en todos los rincones de su organismo tomando el control de sus pulsaciones. El oboe, la flauta y el clarinete lo sumergieron en una calma expectante y la entrada de los trombones y la tuba le insufló una energía que no creía poseer.

Y, de repente, los mismos músculos comenzaron a responder a los vaivenes de la obra. Fueron, primero, sus dos brazos los que, contra su voluntad, se levantaron en el aire en un pasaje de creciente intensidad. Pudo contenerlos con dificultad, perturbado por las miradas que le clavaron algunos vecinos más preocupados por lo que el resto hacía que por el concierto. Pero la intensidad de la música continuó elevándose y no pudo evitar que sus piernas terminaran propulsándolo de su asiento. La emoción que lo embargaba lo entregó sin más resistencia al movimiento impulsivo de sus miembros, que lo desplazaban por el pasillo central de la sala, ora frenéticamente ora con la dulzura que por momentos emanaba de la obra.

Entre los integrantes del público primó la incomodidad, la intolerancia y la desaprobación ante un comportamiento que tan abiertamente contrariaba las normas establecidas. No tardaron en llegar los encargados de la seguridad que por muy poco impidieron que un hombre con la paciencia fácilmente colmada se extralimitara en el uso de la violencia para detener semejante prodigio.

Pero la fuerza que de la música brotaba era muy intensa y los musculosos de turno no pudieron frenar la danza enajenada de nuestro protagonista. Fue tal el tumulto que los músicos se distrajeron y el director se vio obligado a interrumpir la interpretación.

Inmediatamente, el cuerpo antes incontrolable quedó tendido, inmóvil, el rostro calmo, los ojos perdidos en el vacío. Su mujer se apresuró a tomarlo de un brazo y emprender una rauda retirada. Conmocionado por lo que acababa de suceder él se dejó arrastrar en silencio. Ya fuera del teatro, le lanzó una mirada nostálgica, invadido por el temor de no animarse a regresar. 


Fecha de origen: 11/11


No hay comentarios:

Publicar un comentario