jueves, 27 de octubre de 2011

Perro, pero feliz

Ayer me desperté con mi propio jadeo y con la humedad de la baba que caía de mi boca. Me sentía extraño. No podía ver con claridad los colores de las cosas y mi olfato captaba olores que antes no estaban allí. Cuando intenté incorporarme, lo comprendí. Elevado sobre mis dos piernas perdí el equilibrio y me vi obligado a adoptar la posición supina del can. El proceso que se había iniciado hace algunos meses había llegado a su fin.

Recuerdo aquellos días difíciles en los que todo parecía desmoronarse. No había cosa que pudiera decir o hacer para que ella se sintiera bien. Me sentía ignorado e insignificante. Sin embargo, la amaba con una intensidad intolerable. La sencilla idea de no volver a verla me dejaba sin aire, al borde de la asfixia. Aun así, el vano orgullo me arrastró hacia el abismo. El deseo de mantener mi apariencia humana, de ocultar la inevitable verdad, se impuso en aquel momento y me alejé de ella.

Y allí comenzó mi largo calvario. Torturado por la sensación de ser apuñalado una y mil veces sin el alivio de la muerte. Arrastrándome por la vida por no encontrar las fuerzas para caminar. Llorando hasta secar mi cuerpo. Ausente de todo y de todos, lo único que me mantenía unido a la existencia era la esperanza ciega de que todo ello iba a acabar algún día. Pero finalmente me di por vencido y me entregué a mi naturaleza. Decidí contentarme con sus migajas.

Embargado por la felicidad del reencuentro no le presté atención a las primeras señales de la transformación. Y cuando ellas fueron lo suficientemente evidentes preferí atribuirlas a la sugestión. Pero lo cierto es que no me importaba.

Ayer, cuando al rato de levantarme escuche su voz, una emoción intensa e incontenible surgió de mis entrañas, mi cola empezó a moverse frenéticamente y me abalancé a su encuentro. Ella me miró con una hermosa sonrisa, me acarició tiernamente la cabeza, me arrojó un hueso y continuó con sus quehaceres. Mientras mordisqueaba el hueso con los colmillos que acababan de formarse en mis fauces, la seguí con la mirada y no pude dejar de sentir una gran satisfacción. Me había transformado en un perro sí, pero feliz.

Fecha de origen: 10/06

La vida en cuatro movimientos

Allegretto



Súbitamente, es como si los colores se tornaran más intensos, la respiración más sencilla, la gravedad menos implacable. Una simple sonrisa nos hace perder la razón y encontramos la eternidad en una mirada. Nos transformamos en fantasmas errantes y estamos ausentes en todos lados.

La euforia se mezcla con la ansiedad y la vida se hace vértigo. El corazón galopa arrastrándonos furiosamente. Si en ese momento intentáramos resistirnos a ese impulso avasallador correríamos el riesgo de encontrar nuestro pecho destrozado al despertar. No sería otra cosa que el efecto causado por nuestro propio corazón, que en su carrera loca e incontenible habría abandonando nuestro cuerpo incapaz de seguirlo.

El mundo se torna manipulable, mínimo. Está en un rostro, en una palabra, un beso o tal vez simplemente en una caricia. El tiempo también parece entregarse dócilmente a nuestra voluntad. Se acelera atropelladamente por momentos para luego quedar suspendido. Es como si de repente pudiéramos tocarlo, jugar con él y revolcarnos en ese mar interminable de segundos, minutos y horas.

Moderato


La serenidad parece cubrirlo todo. Como una noche estrellada, como una brisa cálida que nos adormece luego de una buena comida, como el vuelo de un planeador en un atardecer lleno de esplendor, como una dulce voz materna cantándole una canción a su niño.

El tiempo comienza a adoptar un curso autónomo y se nos escapa de las manos. El mundo adquiere nuevas dimensiones, se multiplica.

Adagio


Todo se vuelve asfixiante. El cuerpo no responde a nuestra voluntad. La memoria se transforma en nuestra peor enemiga y nos penetra las entrañas con recuerdos filosos como puñales.

El mundo se torna abrumador, insuperable, inalcanzable. El abismo se transforma en una tentación ante el deseo de escapatoria que toma posesión de nuestra mente. La pendiente parece volverse más empinada a cada instante.

Las palabras no llegan a nuestros oídos, la luz no atraviesa nuestras pupilas, el sabor no conmueve a nuestra lengua. Lo único que parece brindar un efímero pero esencial sosiego es la música. Formidable, penetra en nuestro cuerpo y nos aleja por lo menos durante un instante de este mundo agobiante.

El tiempo adopta una textura áspera cuyo flujo interminable va erosionando nuestra alma. Nunca volveremos a ser los mismos después de este adagio denso que nos va moldeando como si fuéramos de arcilla y que va desparramando en su cadencia restos de nosotros que no recuperaremos.

Allegro non troppo


Las puertas se entreabren y la oscuridad comienza a desvanecerse. La presión se afloja y el aire se torna más liviano. Las palabras vuelven a fluir y el deseo retoma su imperio.

Levantamos las velas de nuestro navío y nos entregamos dócilmente a la voluntad del viento. Y mientras recibimos las caricias de la brisa marina, nos rascamos distraídamente la picazón provocada por las heridas que acaban de cicatrizar.

Fecha de origen: 10/06

miércoles, 26 de octubre de 2011

La raza de los hombres mimosos

Años atrás conocí un niño muy especial. Necesitaba continua e imperiosamente alguna manifestación de amor. Una caricia, un abrazo, una sonrisa o, aunque más no fuera, el contacto de un cuerpo querido. Si por algún motivo el amor dejaba de fluir, casi inmediatamente, su rostro se ensombrecía, sus ojos se humedecían y su boca se abría para dar lugar al llanto.

Supe tiempo después que era el último heredero de una antigua raza que floreció hace algunos siglos. Los miembros de este linaje convivían en una íntima ligazón. Los hombres adultos eran padres de todos los niños y las mujeres, sus madres. Nadie negaba un gesto de afecto al que lo necesitara, algo que sucedía permanentemente. Así como en nuestra sociedad encontramos a cada paso tiendas repletas de gente comprando todo tipo de chucherías allí las calles estaban atestadas de personas anhelantes de un abrazo, un beso, un susurro dulce en el oído o una palmada tierna.

Durante siglos lograron mantenerse lo más alejados posible del contacto con otros seres humanos. Se limitaban a establecer sólo los vínculos más indispensables. Sabían que no era posible la convivencia con otros hombres. Veían que en ellos el amor fluía en forma caprichosa y se transformaba en odio o violencia con una facilidad absolutamente pasmosa.

Pero el avance de los estados modernos no discriminó a los hombres de esta raza. A pesar de la resistencia y el rechazo instalaron en sus aldeas escuelas, comisarías, oficinas de impuestos y todo lo necesario para integrar a estas regiones poco desarrolladas al progreso. Fue así como sus costumbres fueron reprimidas por considerárselas promiscuas e inmorales.

Algunos se replegaron hacia zonas más remotas con la esperanza de poder continuar con la única forma de vida con la que sentían que podían lograr la felicidad. Poco se supo de lo sucedido con ellos. Quienes intentaron encontrarlos años más tarde no dieron con su paradero. Nadie quiso darlos por muertos pero con el tiempo cada vez fueron menos los que se aventuraron en su búsqueda.

Muchos, la mayoría, fueron vencidos por la tristeza y la incomprensión. Fueron desvaneciéndose como espectros en un mundo al que consideraban sombrío y hostil.

Otros buscaron mimetizarse con el entorno. Mantenían sus hábitos en la más estricta reserva y se relacionaban exclusivamente entre ellos. Así lograron persistir durante varias generaciones. Sin embargo poco a poco fueron siendo absorbidos y a los que insistieron en el afán de supervivencia se les tornó cada vez más difícil encontrar otros como ellos. Fue dura la vida para todos ya que debieron soportar durante eternas horas la falta del amor tan indispensable.

Cuando los conocí los padres del niño descubrieron en mí un alma comprensiva y un espíritu de cronista. Concientes de que su hijo era tal vez el último retoño de esta raza entrañable y temiendo que su linaje se desvaneciera sin dejar rastro me contaron la historia que acabo de transcribir.

Una gran amistad me ligó desde entonces a ellos y fue tanta la comunidad que sentí con su raza que los ayudé a buscar a los sobrevivientes que pudieran quedar para darme cuenta, tiempo después, que el esfuerzo era en vano. Muchas veces vi en algunas personas pequeños rasgos, gestos aislados, que alimentaron mi esperanza. Pero al abordarlos con mis ideas me miraban extrañados y me esquivaban con prisa.

Cada tanto pienso que yo mismo soy portador de sus genes. No tengo forma de corroborarlo porque mis padres ya no viven. Pero si así fuera podría entender claramente porqué cada tanto me inunda una especie extraña de melancolía, lloro con facilidad cuando veo una película y me gusta tener el cuerpo de mi mujer muy cerca cuando me acuesto en la cama por las  noches.

Fecha de origen: 05/11

El monstruo bromista

Había una vez un monstruo muy feo. Negro como la noche sin luna. Completamente peludo y maloliente. Tenía una boca de lobo por la que emitía un aullido espeluznante. Y cuando dormía, su ronquido era como el trueno que suena en medio de la noche y estremece hasta al más valiente.

El monstruo trabajaba durante el día en un estudio contable y en su tiempo libre su hobby favorito era salir a asustar a la gente. Se camuflaba en la oscuridad de la noche, elegía cuidadosamente a su víctima, se le acercaba sigilosamente y súbitamente le agarraba el hombro o le gritaba con todas sus fuerzas causando invariablemente el más sincero espanto. La señora que volvía de hacer las compras, el chico del delivery, el ejecutivo que aguardaba en su auto el cambio del semáforo, la parejita distraída en sus abrazos y besos… el monstruo no hacía distinción alguna, y tras el hecho consumado quedaba desparramado en el suelo sin poder aguantar la risa y tardando un largo rato en reponerse. Ansiando durante sus horas de trabajo la llegada de la noche, repetía día tras día esta actividad y no se iba a dormir contento si en alguna oportunidad un compromiso se lo impedía.

Paso muchos años felices de esta manera hasta que una noche de otoño salió como acostumbraba a alimentar su espíritu bromista y un niño que caminaba distraído atrajo su atención. “A este le voy a dar el susto de su vida”, se dijo conteniendo una incipiente risa. Se le acercó cuidadosamente, se puso a tiro y cuando estaba extendiendo la mano para agarrarlo una vocecita lo dejó congelado: “Ya te vi. No me das miedo. Creí que los monstruos eran mucho más espantosos”. Lleno de frustración el monstruo no se dio por vencido. Abrió sus fauces lo más que pudo y le mostró sus filosos colmillos, sólo para recibir como respuesta: “Mi perro tiene una boca mas horrible, que huele mucho peor que la tuya”. El monstruo pegó la vuelta y, completamente decepcionado, regresó a su casa cabizbajo.

Le costó mucho retomar su pasatiempo preferido, aterrorizado ante la perspectiva de atravesar nuevamente semejante humillación. Empezó lentamente, con timidez. Pero poco a poco, envalentonado por el éxito, fue recuperando la confianza. Primero eligiendo presas fáciles, más adelante optando por las más atrevidas. Un día, sintiendo que ya estaba listo, buscó nuevamente un niño. Lo encontró dando la vuelta a la esquina, se apresuró, se le acercó… pero cuando quiso lanzar su alarido más espantoso le salió un pequeño chillido. Desanimado, se quedó parado con la mirada perdida. Sin embargo, cuando el niño se dio vuelta y lo miró con una sonrisa se le iluminó el corazón. Recibió la mano que el pequeño le ofreció con la suya y ambos se fueron caminando con alegría.

Fecha de origen: 02/10

Náufrago

Mucho tiempo permanecí a la deriva en el espacio. Luego de que mi nave perdiera su curso tras una maniobra desafortunada me transformé en un náufrago más de los que hoy abundan en el sistema solar, y más allá también.

Me alejaba cada vez más de la tierra, de mi vida, de mis pasiones… Contemplé angustiado cómo el fulgor escarlata de Marte se perdía a la distancia sin haber podido ingresar en su campo gravitatorio y sentí que la gigantesca mancha de Júpiter miraba con melancolía el tránsito errático de mi nave en esa inmensidad oscura.

Durante algunos días pensé que me estaba aproximando a Saturno pero, súbitamente, comprobé que algo había alterado la trayectoria del vehículo y la distancia hacia el planeta había dejado de reducirse. Sin embargo, tras la desorientación inicial identifiqué el motivo de la desviación: Titán, una de las lunas del planeta, me había atrapado con su gravedad.

Fui así avanzando hacia la gran esfera naranja. Mi alegría por haber alcanzado finalmente un destino contrarrestaba con creces la incertidumbre frente a lo que allí podría encontrar. Luego de atravesar exitosamente su densa atmósfera aterricé como pude logrando por muy poco que la nave no se desplomara en un gigantesco lago.

Me calcé el traje protector y salí a reconocer el terreno. No había llegado en el mejor momento: el termómetro marcaba -183 grados centígrados y caía una gruesa llovizna que lo cubría todo. ¡Vaya sorpresa cuando me puse a analizar la composición química de lo que me rodeaba! ¡El líquido que caía del cielo no era agua sino metano y el lago en el que había estado a punto de sumergirme con el vehículo espacial, de etano líquido! Una leve luminosidad revelaba que el sol se encontraba por encima del horizonte, si bien completamente oculto por las densas nubes que ocupaban la totalidad del cielo.

Esperaba una muerte segura en Titán. Pero me aferré a ciertos rumores sobre náufragos espaciales que me habían llegado y emprendí una marcha sin rumbo, persiguiendo una ilusión que me parecía a todas luces delirante. Me aprovisioné con todas las reservas de alimento, oxígeno y energía que podía cargar y caminé durante varios días terrestres, ayudado por la luz permanente y la levedad de mi cuerpo ante la menor gravedad que posee el satélite en relación a la tierra. Y cuando el avance parecía completamente vano divisé a la distancia algo que parecía ser una construcción. La persistente llovizna me impedía distinguir con claridad de qué se trataba pero a medida que me fui acercando identifiqué una inmensa y extraña edificación, producto sin duda de trabajo inteligente. Estaba constituida por una combinación de estructuras cónicas y esféricas unidas a través de grandes tubos transparentes y distribuidas en forma simétrica. Y cuando me aproximé más pude ver también criaturas de apariencia humana desplazándose dentro y fuera de ella. Estimé, con la exactitud que la distancia y la escasa visibilidad me permitían, que me triplicaban en tamaño.

Cuando me vieron, no se mostraron sorprendidos. Uno de ellos se acercó a mí en forma amigable y se ofreció a conducirme hacia algún lugar en el que, según entendí, podrían ayudarme. Ingresamos a la edificación, que era una gigantesca ciudad bajo techo y se extendía a lo largo de varios kilómetros, y subimos a un trasbordador, en el cual atravesamos una parte importante de la extraña metrópolis. Grandes caras alegres y distendidas poblaban las calles por las que avanzábamos silenciosamente, un panorama que trazaba un notable contraste con la espesa e interminable llovizna que nos entregaban los inmensos paneles transparentes que nos separaban del exterior.

Descendimos en la entrada de un edificio monumental. Una vez adentro, mi acompañante me presentó a otro individuo de su especie y se despidió de mi gentil y afectuosamente. No recibí un trato distinto de mi nuevo anfitrión, quien me escoltó a través de numerosas escaleras y pasillos hacia un espacioso ambiente. Allí, me dio a entender que ya no necesitaría mi traje especial. Efectivamente, pude comprobar que el oxígeno que había en el aire era suficiente para el funcionamiento de mi organismo.

No tardé mucho en despejar los interrogantes que la situación me había planteado. Para el momento en que un ser humano traspuso la otra puerta de la habitación ya había entendido todo: no era el primer habitante de la tierra que llegaba a Titán, algo que no debía extrañarme en absoluto dada la gran cantidad de personas que habían desaparecido en el espacio sin dejar rastro en los últimos años. Habitar nuestro planeta se había tornado extremadamente difícil. El aire, altamente contaminado, era tanto una fuente de enfermedades como de vida. La naturaleza se manifestaba de una manera crecientemente hostil, a través de tornados virulentos, furiosos ciclones, tormentas de hielo y sequías interminables. La violencia entre los seres humanos se había intensificado. Había patotas pululando por doquier, que se habían transformado en un factor decisivo del poder dentro de las cada vez más irrisorias democracias. Era muy fuerte entonces la tentación de buscar un nuevo hogar a lo largo del sistema solar, la galaxia o más allá.

Ya eran cerca de 100 los hombres que habitaban aquí. La mayoría había llegado alterando en forma deliberada el curso de las naves en las que viajaban. Según me explicaron, hacía mucho tiempo que se había confirmado que había vida civilizada en esta gran luna de Saturno pero se había decidido mantener esta información en secreto por temor a una deserción masiva de astronautas.

La vida aquí es tranquila, armoniosa y desafiante. Hay mucho por construir y una gran voluntad colectiva para hacerlo. Pero no puedo acostumbrarme a Titán. Extraño poder entregarme a las caricias de una brisa traviesa, al goce que sólo un cielo completamente abierto me puede brindar, al calor abrasador del sol en una tarde de verano, al placer de un sabroso trozo de carne. Disfruto el contacto con los titanes, quizás más que el de la mayoría de los humanos, pero no dejan de ser completamente ajenos para mí.

Y mientras las brumas casi permanentes del satélite se disipan parcialmente dejando al descubierto la inmensa presencia de Saturno, voy agotando estas líneas que lanzaré al espacio dentro de una botella, esperando que la tecnología y la suerte me permitan algún día volver a la tierra y encontrar aun algo de ella.

Fecha de origen: 01/08

Un clamor misterioso

Ya hacía mucho tiempo que ese poderoso sonido los llenaba de pavor. Adoptaba un carácter melancólico en las noches de luna nueva para tornarse eufórico y desesperado en las de luna llena. Estas noches todo en la aldea retumbaba estrepitosamente y el sueño parecía una utopía. Las otras no eran más afortunadas: ese sonido triste y continuo era una invitación irresistible para recordar las propias penas.

El paso de los años no había encontrado aun a aquel que se atreviera a averiguar su origen. Lo atribuían a alguna especie de animal temible y desconocido que habitaba en alguna de las regiones que por el terror a encontrarlo jamás habían sido exploradas y se resignaban a convivir con ello como algo inexorable. El hábito los había tornado insensibles a aquel clamor que si se escuchaba atentamente, haciendo caso omiso a las sugerencias del miedo, se parecía más a un pedido de ayuda que a una amenaza.

Así pareció comprenderlo finalmente un joven de la aldea que se presentó un día ante las autoridades con la firme determinación de ir en busca del origen de aquel sonido. No sorprendió tanto a su auditorio lo inédito de su planteo sino más bien quién era el que lo realizaba. Un muchacho apenas salido de la adolescencia que a lo largo de su vida no se había destacada por su valentía. Había atravesado las distintas etapas de su existencia sumido en el más absoluto anonimato. Absorto en pensamientos que resultaban completamente desconocidos hasta para quienes más lo conocían se limitaba a participar sólo lo indispensable en las actividades que la sociedad le imponía.

Propuso acometer la exploración solo pero algunos envalentonados por su actitud decidida y otros impulsados por la envidia de no haber sido ellos los propulsores de semejante empresa se sumaron a ella.

Una madrugada húmeda y fresca partió el pequeño grupo en busca de lo desconocido. Muchos de sus integrantes reflejaban en sus miradas el más profundo pavor al que sólo podían enfrentar apelando a las últimas reservas que guardaban del orgullo herido. Otros mantenían la firmeza de sus espíritus pero gracias más al contagio provocado por la inmutabilidad del muchacho que por su propio valor. El marchaba con una absoluta tranquilidad. Los pocos signos de tensión que revelaba parecían deberse más a la ansiedad por un encuentro largamente anhelado que al miedo.

Marcharon durante varios días. A medida que se iban aproximando y que se iba iluminando la parte de la luna visible desde la tierra, el sonido provocado por la misteriosa criatura se tornaba cada vez más ensordecedor. Era una abierta manifestación del poder más magnífico y más puro. Un poder sin codicia y sin vanidad. Un poder ni pretendido ni disfrutado. Un poder que existía absolutamente desprendido de cualquier fin.

Una tarde, a la caída del sol, uno de los integrantes del grupo detuvo súbitamente s marcha y quedó con los ojos clavados en un punto distante. Su expresión rígida y estupefacta atrajo la atención del resto hacia dicho punto. A medida que sus miradas su fueron fijando en él se fueron multiplicando las más diversas reacciones. Algunos emprendieron una inmediata huida, otros profirieron gritos de asombro tan agudos que por un instante dudaron de su propia hombría y hubo quienes abrumados por el estupor parecieron transformarse en figuras de piedra.

Asomando por encima de las copas de los árboles se elevaba una criatura gigantesca. Las dimensiones de su cuerpo eran monumentales. Sus piernas, su torso, sus brazos, su cabeza, su musculatura, su mandíbula y el resto de sus partes conformaban un ser con un tamaño jamás visto sobre la faz de la tierra, sólo imaginado por los poetas más delirantes.

El coloso estaba parado, con los brazos realizando gestos incomprensibles y con la mirada clavada en una luna casi llena que iba aumentando su magnífico brillo a medida que el cielo se iba sumiendo en la profunda oscuridad de la noche. Lanzaba unos alaridos eufóricos por momentos para adoptar luego una actitud inquieta y casi desesperada.

Ante la vista del coloso nuestro héroe no mostró signos de sorpresa. Sólo se limitó a sonreír satisfecho y apresurar la marcha delante de los pocos que aun con el terror dibujado en sus caras se atrevieron a acompañarlo, con una sorpresa que no hubieran podido precisar si se debía más al prodigio que estaban viendo o a la prestancia y tranquilidad con la que el joven continuaba avanzando.

El gigante ignoró por completo a lo que quedaba de la comitiva cuando ésta fue acercándose hacia él. Absorto en la contemplación de la luna, parecía absolutamente indiferente a todo aquello que no guardara relación con ella. El grupo se ubicó cerca de él y permaneció observándolo durante varias horas, oscilando entre la sorpresa, el aturdimiento, el miedo y la incomprensión.

Cuando, habiendo despuntado el alba, la luna se escondió sigilosamente en el horizonte, el coloso se volteó con el rostro anhelante hacia donde el grupo se encontraba. Al verlos, se dirigió atolondradamente a su encuentro sin reparar en el pánico que era capaz de causar.

Todos huyeron presas del terror más agudo que habrían de sentir a lo largo de sus vidas cuando vieron que la gigantesca criatura se abalanzaba toscamente sorbe ellos. Pero el joven se mantuvo en su lugar con una inmensa sonrisa iluminando su rostro.

Nunca nadie supo de qué manera lograron comunicarse el coloso y el muchacho. Puedo aventurar que si bien no hablaban el mismo lenguaje ambos compartían el poderoso deseo de comprenderse y seguramente ello fue suficiente. El hecho es que cuando varias semanas después el joven reapareció en la aldea, donde consideraban que había perdido la vida a manos a manos del coloso del que ya tenían conocimiento por los relatos aterrorizados de aquellos que retornaron, todos finalmente pudimos desentrañar el antiguo misterio.

Quedamos maravillados al enterarnos que aquello que había sido motivo del más profundo pavor debería haber causado desde un principio compasión y ternura. Aquel estentóreo clamor que había causado el insomnio de la mayoría de los habitantes de la aleda durante tanto tiempo no era más que la manifestación de un amor apasionado e imposible: el que el coloso sentía por la luna.

La inmensa criatura quedó profundamente apenada al enterarse que la luna nunca iba a llegar a la tierra como esperaba ansiosa y por momentos desesperadamente. El magnífico clamor que había llenado muchas de nuestras noches se había apagado por completo y la región quedó por primera vez después de muchos años sumida en el más absoluto silencio.

El muchacho propuso invitar al coloso a la aldea creyendo que su participación en los quehaceres de la misma lo iba a ayudar a atravesar ese momento de dolor y a olvidar ese amor de difícil consumación.

Fue así como el prodigioso ser fue presentado en la aldea en donde se ganó rápidamente el cariño de los habitantes a partir de su espíritu gentil y solidario. Sin embargo su amor no cesó. Por el contrario, su tristeza fue en aumento. Lo torturaba contemplar a su amada surcando todos los días el cielo con su paso lento e inalcanzable.

El joven también estaba afligido. Lamentaba ver a su amigo en tal estado de sufrimiento y no encontrar la manera de ayudarlo. Vagaba por la calles perdido en sus pensamientos, totalmente indiferente a la notoriedad adquirida a través de su proeza, dicho sea de paso nunca pretendida.

Pasó el tiempo, el coloso cada vez más desanimado por la impotencia de su amor y el joven cada vez más angustiado por el temor de un terrible desenlace. Hasta que una oscura noche de luna nueva, asaltado por las visiones más delirantes a causa de las largas noches sin sueño, nuestro héroe vislumbró la solución: fabricar un cohete para que el coloso viajara a la luna.

Durante varios meses trabajaron afanosamente en esta empresa. Ansioso por el encuentro con su amada, el coloso le dedicó todo el tiempo que su poderoso organismo era capaz de soportar. El joven no se quedó atrás. Entusiasmado por la recuperación de su gran amigo resistía los embates del cansancio para mantenerse a la par en la labor. Los pobladores de la aldea también sumaron sus fuerzas. La simpatía que el coloso suscitaba parecía guardar proporción con la dimensión de su ser y no sorprendió entonces la magnitud de la ayuda recibida.

Finalmente la nave quedó terminada y presta a afrontar el lanzamiento. La despedida fue muy triste pero igualmente breve ya que el coloso no veía el momento de alcanzar de una vez por todas al objeto de su gigantesco amor.

El muchacho observó como el cohete se alejaba de la tierra con una gran satisfacción si bien no pudo detener, a pesar de sus esfuerzos, a una pequeña y díscola lágrima que atravesó pícaramente su rostro. Muchas veces se lo ve mirando al cielo atentamente y sin pausa durante un largo rato pero curiosamente son muy pocos los que se dan cuenta qué es lo que busca en él.

Son aquellos que saben que si en algunas noches claras, lejos de las luces de la ciudad, miramos detenidamente la luna vamos a poder ver un pequeño punto que se mueve dentro de ella. No es otro que el coloso, que de la alegría de poder estar finalmente junto a su amada por siempre, suele recorrer su accidentada superficie con eufóricos saltos.

Fecha de origen: 05/07

Una historia triste

Se despertó una mañana asaltado por un poderoso deseo. Lo sintió primero en su pecho, pero se extendió luego a su estómago, a sus riñones y su hígado para finalmente alcanzar sus extremidades y tornarlas más pesadas.

Se trataba de una compulsión que no había sentido antes, de una pretensión monumental que de repente se sentía capaz de consumar, de una tarea que muchos dioses hubieran considerado inabordable pero que se instaló en su voluntad con tanto vigor que ni el mejor orador de la historia podría haberlo convencido de su equivocación. Súbitamente deseaba acabar con la tristeza en el mundo.

Salió decidido, con una inmensa sonrisa, cargado de barriletes, de globos y de matracas y se fue a recorrer el mundo regalando a cada paso el obsequio que más encajaba con la mirada del sorprendido transeúnte. Sin embargo, poco pudo lograr con este primer intento: apenas alguna sonrisa tímida o la alegría de un niño pero más que nada indiferencia o incomprensión. Los otrora amantes continuaron desgarrando sus corazones, los anhelantes siguieron mascando su frustración sazonada con pastillas de colores y los acólitos del sistema decidieron una nueva reestructuración de sus empresas para enterrar en la explotación de sus semejantes una profunda tristeza.

Nuestro héroe no se desmoralizó con su fracaso. Imaginó que la tristeza provenía de la escasez de cosas alegres y entonces se puso a componer comedias y de sus manos brotaron las más hermosas y divertidas alguna vez escritas. Las difundió a través de libros, canciones y películas en todos los idiomas conocidos desde el catalán y el inglés pasando por el latín, el sánscrito y el zulú. Tampoco logró mucho con este nuevo intento más que las carcajadas ocasionales de aquellos que tuvieron el tiempo y la predisposición para dedicarle a su obra. Una vez dispersados los vapores de sus hilarantes composiciones, los problemas cotidianos recuperaban el imperio sobre sus mentes ensombreciendo nuevamente sus miradas.

Pensó entonces que quizás la única manera de lograr su objetivo era poner fin al capitalismo. Que quizás este sistema, al transformar a las personas en mercancías, las alejaba de su esencia y las condenaba a deambular sin rumbo y a naufragar en tierra firma vomitando sus almas en noches de borrachera.

Decidió entonces salir a terminar con el sistema. Compró armas, explosivos y estandartes, escribió panfletos y se puso en contacto con los líderes revolucionarios más renombrados. Pero a medida que los fue conociendo, se dio cuenta que ellos mismos eran portadores de la tristeza que él quería erradicar. Cuando abandonaban el púlpito y la adrenalina se disolvía en su sangre, revelaban en sus miradas ausentes la presencia de fantasmas que no podían dejar atrás. Se preguntó entonces si aquellos personajes grises si bien soñadores iban a poder guiar a la humanidad hacia un futuro que no se viera atravesado por torrentes inagotables de lágrimas, por el estruendo de frustraciones insoportables y por el doloroso silencio de la incomunicación.

Desmoralizado por sus intentos fallidos comenzó a entristecerse el mismo. Primero con formas vagas e indefinidas pero más tarde con contornos claros y precisos, la amargura fue apoderándose de su humanidad. Habiendo consumido su inmensa capacidad de desear en aquel objetivo monumental, no pudo oponerle resistencia. Lenta pero decididamente, la tristeza fue ocupando los lugares estratégicos de su existencia. Y finalmente, ante su total pasividad le asestó un golpe letal.

Su último suspiro se resistió heroicamente a atravesar sus labios y mientras no podía evitar remontarse hacia el cielo por su gran levedad, lanzó una mirada triste e impotente hacia el cuerpo que yacía cada vez más lejos, sin vida y completamente olvidado.

Fecha de origen: 03/07

El niño volador

Era una tarde soleada. El viento soplaba furioso provocando un fuerte zumbido en los oídos de los caminantes. Un niño particularmente delgado paseaba junto a un adulto robusto. Con cada ráfaga se balanceaba y debía sujetarse fuertemente a la mano de su acompañante para no verse arrastrado por ella. De repente, en un momento de distracción, una violenta ráfaga se sacudió. La mano del niño buscó la del adulto pero no la encontró. Con el pavor dibujado en el rostro se elevó bruscamente y quedó flotando en el aire como un barrilete, bamboleándose con el aliento huracanado de la atmósfera. Preso del llanto y ante la estupefacta mirada de los transeúntes, tuvo la suerte de terminar aquel vuelo que podría haber sido fatal atascado en la copa de un árbol salvador que pareció extender sus ramas de manera deliberada para evitar un triste desenlace.

Desde entonces, el miedo no abandonó al niño que se resistía caprichosamente a salir de su casa. Sin embargo, poco a poco fueron convenciéndolo de que aquello no volvería a suceder y agarrando como una tenaza la mano de su acompañante de turno fue retomando lentamente sus paseos y recuperando parte de la inocencia perdida.

Una tarde en que la persona con la que salió a pesar lo llevaba sobre sus hombros, súbitamente se levantó un viento muy fuerte. Sorprendido, sólo atinó a agarrarse con sus manos al cuello del adulto. A medida que el vendaval incrementaba su violencia, el miedo fue creciendo en su interior y sus manos fueron apretando cada vez más fuerte aquel cuello estupefacto. Atizadas por el miedo terminaron arrancando la vida de ese ser que jamás había imaginado una muerte semejante. El niño continuó aferrado al cuerpo inerte hasta que el aire detuvo su movimiento y entonces lo sacudió para que volviera en sí espantado ante la falta de respuesta.

Fue así como se inició su martirio. No deseaba lastimar a nadie pero cuando el terror de ser arrastrado por el viento lo asaltaba perdía la consciencia de sí e instintivamente se arrojaba sobre algún cuello al que despedazaba involuntariamente con sus manos. Luego, huía desesperado por el crimen cometido hundiéndose en una oscuridad cada vez más profunda.

Pasaron los años, en los que fue alejándose cada vez más del trato con otras personas por el temor que tenía de acabar con sus vidas y refugiándose del viento que lo torturaba continuamente con el zumbido provocativo que generaba al soplar contra sus ventanas.

Varias víctimas vieron escapar sus vidas sintiendo la presión de sus manos hasta una noche sin luna en la que se vio asaltado nuevamente por aquel incontenible pavor. Como siempre sucedía, se arrojó a la calle buscando el alivio que sólo un cuello podía brindarle. En un parque solitario, una mujer caminaba lánguidamente indiferente a su destino. El estrangulador se abalanzó sobre ella y sus manos, como relámpagos, comenzaron a apretar su desprotegido cuello. De repente, sus ojos se encontraron con los de ella: unos ojos luminosos y profundos que por primera vez en muchos años lo hicieron olvidarse de sus manos. Unos ojos en los que inesperadamente vislumbró reflejada su esencia y se reencontró con su deseo más primitivo y poderoso.

Emocionado, soltó a la mujer y se quedó con la mirada perdida en el horizonte, como si esperara algo. Ella, sin mostrar la menor sorpresa por lo que había sucedido y como si supiera claramente lo que estaba a punto de acontecer, tomó fuertemente una de sus manos. Instantes después, el viento lanzó un soplido magnífico y el estrangulador, con lágrimas en sus ojos, se entregó a él sin resistencia. Los dos se elevaron dando piruetas en el aire y se alejaron de mi vista que pudo contemplarlos durante un rato por última vez hasta que se perdieron en la inmensidad del cielo. Me hubiera gustado seguirlos, abandonándome también al viento, pero lamentablemente mi cuerpo es demasiado pesado para poder ser arrastrado por su aliento.

Fecha de origen: 11/06