Ya hacía mucho tiempo que ese poderoso sonido los llenaba de pavor. Adoptaba un carácter melancólico en las noches de luna nueva para tornarse eufórico y desesperado en las de luna llena. Estas noches todo en la aldea retumbaba estrepitosamente y el sueño parecía una utopía. Las otras no eran más afortunadas: ese sonido triste y continuo era una invitación irresistible para recordar las propias penas.
El paso de los años no había encontrado aun a aquel que se atreviera a averiguar su origen. Lo atribuían a alguna especie de animal temible y desconocido que habitaba en alguna de las regiones que por el terror a encontrarlo jamás habían sido exploradas y se resignaban a convivir con ello como algo inexorable. El hábito los había tornado insensibles a aquel clamor que si se escuchaba atentamente, haciendo caso omiso a las sugerencias del miedo, se parecía más a un pedido de ayuda que a una amenaza.
Así pareció comprenderlo finalmente un joven de la aldea que se presentó un día ante las autoridades con la firme determinación de ir en busca del origen de aquel sonido. No sorprendió tanto a su auditorio lo inédito de su planteo sino más bien quién era el que lo realizaba. Un muchacho apenas salido de la adolescencia que a lo largo de su vida no se había destacada por su valentía. Había atravesado las distintas etapas de su existencia sumido en el más absoluto anonimato. Absorto en pensamientos que resultaban completamente desconocidos hasta para quienes más lo conocían se limitaba a participar sólo lo indispensable en las actividades que la sociedad le imponía.
Propuso acometer la exploración solo pero algunos envalentonados por su actitud decidida y otros impulsados por la envidia de no haber sido ellos los propulsores de semejante empresa se sumaron a ella.
Una madrugada húmeda y fresca partió el pequeño grupo en busca de lo desconocido. Muchos de sus integrantes reflejaban en sus miradas el más profundo pavor al que sólo podían enfrentar apelando a las últimas reservas que guardaban del orgullo herido. Otros mantenían la firmeza de sus espíritus pero gracias más al contagio provocado por la inmutabilidad del muchacho que por su propio valor. El marchaba con una absoluta tranquilidad. Los pocos signos de tensión que revelaba parecían deberse más a la ansiedad por un encuentro largamente anhelado que al miedo.
Marcharon durante varios días. A medida que se iban aproximando y que se iba iluminando la parte de la luna visible desde la tierra, el sonido provocado por la misteriosa criatura se tornaba cada vez más ensordecedor. Era una abierta manifestación del poder más magnífico y más puro. Un poder sin codicia y sin vanidad. Un poder ni pretendido ni disfrutado. Un poder que existía absolutamente desprendido de cualquier fin.
Una tarde, a la caída del sol, uno de los integrantes del grupo detuvo súbitamente s marcha y quedó con los ojos clavados en un punto distante. Su expresión rígida y estupefacta atrajo la atención del resto hacia dicho punto. A medida que sus miradas su fueron fijando en él se fueron multiplicando las más diversas reacciones. Algunos emprendieron una inmediata huida, otros profirieron gritos de asombro tan agudos que por un instante dudaron de su propia hombría y hubo quienes abrumados por el estupor parecieron transformarse en figuras de piedra.
Asomando por encima de las copas de los árboles se elevaba una criatura gigantesca. Las dimensiones de su cuerpo eran monumentales. Sus piernas, su torso, sus brazos, su cabeza, su musculatura, su mandíbula y el resto de sus partes conformaban un ser con un tamaño jamás visto sobre la faz de la tierra, sólo imaginado por los poetas más delirantes.
El coloso estaba parado, con los brazos realizando gestos incomprensibles y con la mirada clavada en una luna casi llena que iba aumentando su magnífico brillo a medida que el cielo se iba sumiendo en la profunda oscuridad de la noche. Lanzaba unos alaridos eufóricos por momentos para adoptar luego una actitud inquieta y casi desesperada.
Ante la vista del coloso nuestro héroe no mostró signos de sorpresa. Sólo se limitó a sonreír satisfecho y apresurar la marcha delante de los pocos que aun con el terror dibujado en sus caras se atrevieron a acompañarlo, con una sorpresa que no hubieran podido precisar si se debía más al prodigio que estaban viendo o a la prestancia y tranquilidad con la que el joven continuaba avanzando.
El gigante ignoró por completo a lo que quedaba de la comitiva cuando ésta fue acercándose hacia él. Absorto en la contemplación de la luna, parecía absolutamente indiferente a todo aquello que no guardara relación con ella. El grupo se ubicó cerca de él y permaneció observándolo durante varias horas, oscilando entre la sorpresa, el aturdimiento, el miedo y la incomprensión.
Cuando, habiendo despuntado el alba, la luna se escondió sigilosamente en el horizonte, el coloso se volteó con el rostro anhelante hacia donde el grupo se encontraba. Al verlos, se dirigió atolondradamente a su encuentro sin reparar en el pánico que era capaz de causar.
Todos huyeron presas del terror más agudo que habrían de sentir a lo largo de sus vidas cuando vieron que la gigantesca criatura se abalanzaba toscamente sorbe ellos. Pero el joven se mantuvo en su lugar con una inmensa sonrisa iluminando su rostro.
Nunca nadie supo de qué manera lograron comunicarse el coloso y el muchacho. Puedo aventurar que si bien no hablaban el mismo lenguaje ambos compartían el poderoso deseo de comprenderse y seguramente ello fue suficiente. El hecho es que cuando varias semanas después el joven reapareció en la aldea, donde consideraban que había perdido la vida a manos a manos del coloso del que ya tenían conocimiento por los relatos aterrorizados de aquellos que retornaron, todos finalmente pudimos desentrañar el antiguo misterio.
Quedamos maravillados al enterarnos que aquello que había sido motivo del más profundo pavor debería haber causado desde un principio compasión y ternura. Aquel estentóreo clamor que había causado el insomnio de la mayoría de los habitantes de la aleda durante tanto tiempo no era más que la manifestación de un amor apasionado e imposible: el que el coloso sentía por la luna.
La inmensa criatura quedó profundamente apenada al enterarse que la luna nunca iba a llegar a la tierra como esperaba ansiosa y por momentos desesperadamente. El magnífico clamor que había llenado muchas de nuestras noches se había apagado por completo y la región quedó por primera vez después de muchos años sumida en el más absoluto silencio.
El muchacho propuso invitar al coloso a la aldea creyendo que su participación en los quehaceres de la misma lo iba a ayudar a atravesar ese momento de dolor y a olvidar ese amor de difícil consumación.
Fue así como el prodigioso ser fue presentado en la aldea en donde se ganó rápidamente el cariño de los habitantes a partir de su espíritu gentil y solidario. Sin embargo su amor no cesó. Por el contrario, su tristeza fue en aumento. Lo torturaba contemplar a su amada surcando todos los días el cielo con su paso lento e inalcanzable.
El joven también estaba afligido. Lamentaba ver a su amigo en tal estado de sufrimiento y no encontrar la manera de ayudarlo. Vagaba por la calles perdido en sus pensamientos, totalmente indiferente a la notoriedad adquirida a través de su proeza, dicho sea de paso nunca pretendida.
Pasó el tiempo, el coloso cada vez más desanimado por la impotencia de su amor y el joven cada vez más angustiado por el temor de un terrible desenlace. Hasta que una oscura noche de luna nueva, asaltado por las visiones más delirantes a causa de las largas noches sin sueño, nuestro héroe vislumbró la solución: fabricar un cohete para que el coloso viajara a la luna.
Durante varios meses trabajaron afanosamente en esta empresa. Ansioso por el encuentro con su amada, el coloso le dedicó todo el tiempo que su poderoso organismo era capaz de soportar. El joven no se quedó atrás. Entusiasmado por la recuperación de su gran amigo resistía los embates del cansancio para mantenerse a la par en la labor. Los pobladores de la aldea también sumaron sus fuerzas. La simpatía que el coloso suscitaba parecía guardar proporción con la dimensión de su ser y no sorprendió entonces la magnitud de la ayuda recibida.
Finalmente la nave quedó terminada y presta a afrontar el lanzamiento. La despedida fue muy triste pero igualmente breve ya que el coloso no veía el momento de alcanzar de una vez por todas al objeto de su gigantesco amor.
El muchacho observó como el cohete se alejaba de la tierra con una gran satisfacción si bien no pudo detener, a pesar de sus esfuerzos, a una pequeña y díscola lágrima que atravesó pícaramente su rostro. Muchas veces se lo ve mirando al cielo atentamente y sin pausa durante un largo rato pero curiosamente son muy pocos los que se dan cuenta qué es lo que busca en él.
Son aquellos que saben que si en algunas noches claras, lejos de las luces de la ciudad, miramos detenidamente la luna vamos a poder ver un pequeño punto que se mueve dentro de ella. No es otro que el coloso, que de la alegría de poder estar finalmente junto a su amada por siempre, suele recorrer su accidentada superficie con eufóricos saltos.
Fecha de origen: 05/07
Fecha de origen: 05/07
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