Era una tarde soleada. El viento soplaba furioso provocando un fuerte zumbido en los oídos de los caminantes. Un niño particularmente delgado paseaba junto a un adulto robusto. Con cada ráfaga se balanceaba y debía sujetarse fuertemente a la mano de su acompañante para no verse arrastrado por ella. De repente, en un momento de distracción, una violenta ráfaga se sacudió. La mano del niño buscó la del adulto pero no la encontró. Con el pavor dibujado en el rostro se elevó bruscamente y quedó flotando en el aire como un barrilete, bamboleándose con el aliento huracanado de la atmósfera. Preso del llanto y ante la estupefacta mirada de los transeúntes, tuvo la suerte de terminar aquel vuelo que podría haber sido fatal atascado en la copa de un árbol salvador que pareció extender sus ramas de manera deliberada para evitar un triste desenlace.
Desde entonces, el miedo no abandonó al niño que se resistía caprichosamente a salir de su casa. Sin embargo, poco a poco fueron convenciéndolo de que aquello no volvería a suceder y agarrando como una tenaza la mano de su acompañante de turno fue retomando lentamente sus paseos y recuperando parte de la inocencia perdida.
Una tarde en que la persona con la que salió a pesar lo llevaba sobre sus hombros, súbitamente se levantó un viento muy fuerte. Sorprendido, sólo atinó a agarrarse con sus manos al cuello del adulto. A medida que el vendaval incrementaba su violencia, el miedo fue creciendo en su interior y sus manos fueron apretando cada vez más fuerte aquel cuello estupefacto. Atizadas por el miedo terminaron arrancando la vida de ese ser que jamás había imaginado una muerte semejante. El niño continuó aferrado al cuerpo inerte hasta que el aire detuvo su movimiento y entonces lo sacudió para que volviera en sí espantado ante la falta de respuesta.
Fue así como se inició su martirio. No deseaba lastimar a nadie pero cuando el terror de ser arrastrado por el viento lo asaltaba perdía la consciencia de sí e instintivamente se arrojaba sobre algún cuello al que despedazaba involuntariamente con sus manos. Luego, huía desesperado por el crimen cometido hundiéndose en una oscuridad cada vez más profunda.
Pasaron los años, en los que fue alejándose cada vez más del trato con otras personas por el temor que tenía de acabar con sus vidas y refugiándose del viento que lo torturaba continuamente con el zumbido provocativo que generaba al soplar contra sus ventanas.
Varias víctimas vieron escapar sus vidas sintiendo la presión de sus manos hasta una noche sin luna en la que se vio asaltado nuevamente por aquel incontenible pavor. Como siempre sucedía, se arrojó a la calle buscando el alivio que sólo un cuello podía brindarle. En un parque solitario, una mujer caminaba lánguidamente indiferente a su destino. El estrangulador se abalanzó sobre ella y sus manos, como relámpagos, comenzaron a apretar su desprotegido cuello. De repente, sus ojos se encontraron con los de ella: unos ojos luminosos y profundos que por primera vez en muchos años lo hicieron olvidarse de sus manos. Unos ojos en los que inesperadamente vislumbró reflejada su esencia y se reencontró con su deseo más primitivo y poderoso.
Emocionado, soltó a la mujer y se quedó con la mirada perdida en el horizonte, como si esperara algo. Ella, sin mostrar la menor sorpresa por lo que había sucedido y como si supiera claramente lo que estaba a punto de acontecer, tomó fuertemente una de sus manos. Instantes después, el viento lanzó un soplido magnífico y el estrangulador, con lágrimas en sus ojos, se entregó a él sin resistencia. Los dos se elevaron dando piruetas en el aire y se alejaron de mi vista que pudo contemplarlos durante un rato por última vez hasta que se perdieron en la inmensidad del cielo. Me hubiera gustado seguirlos, abandonándome también al viento, pero lamentablemente mi cuerpo es demasiado pesado para poder ser arrastrado por su aliento.
Fecha de origen: 11/06
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