jueves, 27 de octubre de 2011

Perro, pero feliz

Ayer me desperté con mi propio jadeo y con la humedad de la baba que caía de mi boca. Me sentía extraño. No podía ver con claridad los colores de las cosas y mi olfato captaba olores que antes no estaban allí. Cuando intenté incorporarme, lo comprendí. Elevado sobre mis dos piernas perdí el equilibrio y me vi obligado a adoptar la posición supina del can. El proceso que se había iniciado hace algunos meses había llegado a su fin.

Recuerdo aquellos días difíciles en los que todo parecía desmoronarse. No había cosa que pudiera decir o hacer para que ella se sintiera bien. Me sentía ignorado e insignificante. Sin embargo, la amaba con una intensidad intolerable. La sencilla idea de no volver a verla me dejaba sin aire, al borde de la asfixia. Aun así, el vano orgullo me arrastró hacia el abismo. El deseo de mantener mi apariencia humana, de ocultar la inevitable verdad, se impuso en aquel momento y me alejé de ella.

Y allí comenzó mi largo calvario. Torturado por la sensación de ser apuñalado una y mil veces sin el alivio de la muerte. Arrastrándome por la vida por no encontrar las fuerzas para caminar. Llorando hasta secar mi cuerpo. Ausente de todo y de todos, lo único que me mantenía unido a la existencia era la esperanza ciega de que todo ello iba a acabar algún día. Pero finalmente me di por vencido y me entregué a mi naturaleza. Decidí contentarme con sus migajas.

Embargado por la felicidad del reencuentro no le presté atención a las primeras señales de la transformación. Y cuando ellas fueron lo suficientemente evidentes preferí atribuirlas a la sugestión. Pero lo cierto es que no me importaba.

Ayer, cuando al rato de levantarme escuche su voz, una emoción intensa e incontenible surgió de mis entrañas, mi cola empezó a moverse frenéticamente y me abalancé a su encuentro. Ella me miró con una hermosa sonrisa, me acarició tiernamente la cabeza, me arrojó un hueso y continuó con sus quehaceres. Mientras mordisqueaba el hueso con los colmillos que acababan de formarse en mis fauces, la seguí con la mirada y no pude dejar de sentir una gran satisfacción. Me había transformado en un perro sí, pero feliz.

Fecha de origen: 10/06

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