Mucho tiempo permanecí a la deriva en el espacio. Luego de que mi nave perdiera su curso tras una maniobra desafortunada me transformé en un náufrago más de los que hoy abundan en el sistema solar, y más allá también.
Me alejaba cada vez más de la tierra, de mi vida, de mis pasiones… Contemplé angustiado cómo el fulgor escarlata de Marte se perdía a la distancia sin haber podido ingresar en su campo gravitatorio y sentí que la gigantesca mancha de Júpiter miraba con melancolía el tránsito errático de mi nave en esa inmensidad oscura.
Durante algunos días pensé que me estaba aproximando a Saturno pero, súbitamente, comprobé que algo había alterado la trayectoria del vehículo y la distancia hacia el planeta había dejado de reducirse. Sin embargo, tras la desorientación inicial identifiqué el motivo de la desviación: Titán, una de las lunas del planeta, me había atrapado con su gravedad.
Fui así avanzando hacia la gran esfera naranja. Mi alegría por haber alcanzado finalmente un destino contrarrestaba con creces la incertidumbre frente a lo que allí podría encontrar. Luego de atravesar exitosamente su densa atmósfera aterricé como pude logrando por muy poco que la nave no se desplomara en un gigantesco lago.
Me calcé el traje protector y salí a reconocer el terreno. No había llegado en el mejor momento: el termómetro marcaba -183 grados centígrados y caía una gruesa llovizna que lo cubría todo. ¡Vaya sorpresa cuando me puse a analizar la composición química de lo que me rodeaba! ¡El líquido que caía del cielo no era agua sino metano y el lago en el que había estado a punto de sumergirme con el vehículo espacial, de etano líquido! Una leve luminosidad revelaba que el sol se encontraba por encima del horizonte, si bien completamente oculto por las densas nubes que ocupaban la totalidad del cielo.
Esperaba una muerte segura en Titán. Pero me aferré a ciertos rumores sobre náufragos espaciales que me habían llegado y emprendí una marcha sin rumbo, persiguiendo una ilusión que me parecía a todas luces delirante. Me aprovisioné con todas las reservas de alimento, oxígeno y energía que podía cargar y caminé durante varios días terrestres, ayudado por la luz permanente y la levedad de mi cuerpo ante la menor gravedad que posee el satélite en relación a la tierra. Y cuando el avance parecía completamente vano divisé a la distancia algo que parecía ser una construcción. La persistente llovizna me impedía distinguir con claridad de qué se trataba pero a medida que me fui acercando identifiqué una inmensa y extraña edificación, producto sin duda de trabajo inteligente. Estaba constituida por una combinación de estructuras cónicas y esféricas unidas a través de grandes tubos transparentes y distribuidas en forma simétrica. Y cuando me aproximé más pude ver también criaturas de apariencia humana desplazándose dentro y fuera de ella. Estimé, con la exactitud que la distancia y la escasa visibilidad me permitían, que me triplicaban en tamaño.
Cuando me vieron, no se mostraron sorprendidos. Uno de ellos se acercó a mí en forma amigable y se ofreció a conducirme hacia algún lugar en el que, según entendí, podrían ayudarme. Ingresamos a la edificación, que era una gigantesca ciudad bajo techo y se extendía a lo largo de varios kilómetros, y subimos a un trasbordador, en el cual atravesamos una parte importante de la extraña metrópolis. Grandes caras alegres y distendidas poblaban las calles por las que avanzábamos silenciosamente, un panorama que trazaba un notable contraste con la espesa e interminable llovizna que nos entregaban los inmensos paneles transparentes que nos separaban del exterior.
Descendimos en la entrada de un edificio monumental. Una vez adentro, mi acompañante me presentó a otro individuo de su especie y se despidió de mi gentil y afectuosamente. No recibí un trato distinto de mi nuevo anfitrión, quien me escoltó a través de numerosas escaleras y pasillos hacia un espacioso ambiente. Allí, me dio a entender que ya no necesitaría mi traje especial. Efectivamente, pude comprobar que el oxígeno que había en el aire era suficiente para el funcionamiento de mi organismo.
No tardé mucho en despejar los interrogantes que la situación me había planteado. Para el momento en que un ser humano traspuso la otra puerta de la habitación ya había entendido todo: no era el primer habitante de la tierra que llegaba a Titán, algo que no debía extrañarme en absoluto dada la gran cantidad de personas que habían desaparecido en el espacio sin dejar rastro en los últimos años. Habitar nuestro planeta se había tornado extremadamente difícil. El aire, altamente contaminado, era tanto una fuente de enfermedades como de vida. La naturaleza se manifestaba de una manera crecientemente hostil, a través de tornados virulentos, furiosos ciclones, tormentas de hielo y sequías interminables. La violencia entre los seres humanos se había intensificado. Había patotas pululando por doquier, que se habían transformado en un factor decisivo del poder dentro de las cada vez más irrisorias democracias. Era muy fuerte entonces la tentación de buscar un nuevo hogar a lo largo del sistema solar, la galaxia o más allá.
Ya eran cerca de 100 los hombres que habitaban aquí. La mayoría había llegado alterando en forma deliberada el curso de las naves en las que viajaban. Según me explicaron, hacía mucho tiempo que se había confirmado que había vida civilizada en esta gran luna de Saturno pero se había decidido mantener esta información en secreto por temor a una deserción masiva de astronautas.
La vida aquí es tranquila, armoniosa y desafiante. Hay mucho por construir y una gran voluntad colectiva para hacerlo. Pero no puedo acostumbrarme a Titán. Extraño poder entregarme a las caricias de una brisa traviesa, al goce que sólo un cielo completamente abierto me puede brindar, al calor abrasador del sol en una tarde de verano, al placer de un sabroso trozo de carne. Disfruto el contacto con los titanes, quizás más que el de la mayoría de los humanos, pero no dejan de ser completamente ajenos para mí.
Y mientras las brumas casi permanentes del satélite se disipan parcialmente dejando al descubierto la inmensa presencia de Saturno, voy agotando estas líneas que lanzaré al espacio dentro de una botella, esperando que la tecnología y la suerte me permitan algún día volver a la tierra y encontrar aun algo de ella.
Fecha de origen: 01/08
Fecha de origen: 01/08
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