miércoles, 26 de octubre de 2011

El monstruo bromista

Había una vez un monstruo muy feo. Negro como la noche sin luna. Completamente peludo y maloliente. Tenía una boca de lobo por la que emitía un aullido espeluznante. Y cuando dormía, su ronquido era como el trueno que suena en medio de la noche y estremece hasta al más valiente.

El monstruo trabajaba durante el día en un estudio contable y en su tiempo libre su hobby favorito era salir a asustar a la gente. Se camuflaba en la oscuridad de la noche, elegía cuidadosamente a su víctima, se le acercaba sigilosamente y súbitamente le agarraba el hombro o le gritaba con todas sus fuerzas causando invariablemente el más sincero espanto. La señora que volvía de hacer las compras, el chico del delivery, el ejecutivo que aguardaba en su auto el cambio del semáforo, la parejita distraída en sus abrazos y besos… el monstruo no hacía distinción alguna, y tras el hecho consumado quedaba desparramado en el suelo sin poder aguantar la risa y tardando un largo rato en reponerse. Ansiando durante sus horas de trabajo la llegada de la noche, repetía día tras día esta actividad y no se iba a dormir contento si en alguna oportunidad un compromiso se lo impedía.

Paso muchos años felices de esta manera hasta que una noche de otoño salió como acostumbraba a alimentar su espíritu bromista y un niño que caminaba distraído atrajo su atención. “A este le voy a dar el susto de su vida”, se dijo conteniendo una incipiente risa. Se le acercó cuidadosamente, se puso a tiro y cuando estaba extendiendo la mano para agarrarlo una vocecita lo dejó congelado: “Ya te vi. No me das miedo. Creí que los monstruos eran mucho más espantosos”. Lleno de frustración el monstruo no se dio por vencido. Abrió sus fauces lo más que pudo y le mostró sus filosos colmillos, sólo para recibir como respuesta: “Mi perro tiene una boca mas horrible, que huele mucho peor que la tuya”. El monstruo pegó la vuelta y, completamente decepcionado, regresó a su casa cabizbajo.

Le costó mucho retomar su pasatiempo preferido, aterrorizado ante la perspectiva de atravesar nuevamente semejante humillación. Empezó lentamente, con timidez. Pero poco a poco, envalentonado por el éxito, fue recuperando la confianza. Primero eligiendo presas fáciles, más adelante optando por las más atrevidas. Un día, sintiendo que ya estaba listo, buscó nuevamente un niño. Lo encontró dando la vuelta a la esquina, se apresuró, se le acercó… pero cuando quiso lanzar su alarido más espantoso le salió un pequeño chillido. Desanimado, se quedó parado con la mirada perdida. Sin embargo, cuando el niño se dio vuelta y lo miró con una sonrisa se le iluminó el corazón. Recibió la mano que el pequeño le ofreció con la suya y ambos se fueron caminando con alegría.

Fecha de origen: 02/10

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