jueves, 27 de octubre de 2011

La vida en cuatro movimientos

Allegretto



Súbitamente, es como si los colores se tornaran más intensos, la respiración más sencilla, la gravedad menos implacable. Una simple sonrisa nos hace perder la razón y encontramos la eternidad en una mirada. Nos transformamos en fantasmas errantes y estamos ausentes en todos lados.

La euforia se mezcla con la ansiedad y la vida se hace vértigo. El corazón galopa arrastrándonos furiosamente. Si en ese momento intentáramos resistirnos a ese impulso avasallador correríamos el riesgo de encontrar nuestro pecho destrozado al despertar. No sería otra cosa que el efecto causado por nuestro propio corazón, que en su carrera loca e incontenible habría abandonando nuestro cuerpo incapaz de seguirlo.

El mundo se torna manipulable, mínimo. Está en un rostro, en una palabra, un beso o tal vez simplemente en una caricia. El tiempo también parece entregarse dócilmente a nuestra voluntad. Se acelera atropelladamente por momentos para luego quedar suspendido. Es como si de repente pudiéramos tocarlo, jugar con él y revolcarnos en ese mar interminable de segundos, minutos y horas.

Moderato


La serenidad parece cubrirlo todo. Como una noche estrellada, como una brisa cálida que nos adormece luego de una buena comida, como el vuelo de un planeador en un atardecer lleno de esplendor, como una dulce voz materna cantándole una canción a su niño.

El tiempo comienza a adoptar un curso autónomo y se nos escapa de las manos. El mundo adquiere nuevas dimensiones, se multiplica.

Adagio


Todo se vuelve asfixiante. El cuerpo no responde a nuestra voluntad. La memoria se transforma en nuestra peor enemiga y nos penetra las entrañas con recuerdos filosos como puñales.

El mundo se torna abrumador, insuperable, inalcanzable. El abismo se transforma en una tentación ante el deseo de escapatoria que toma posesión de nuestra mente. La pendiente parece volverse más empinada a cada instante.

Las palabras no llegan a nuestros oídos, la luz no atraviesa nuestras pupilas, el sabor no conmueve a nuestra lengua. Lo único que parece brindar un efímero pero esencial sosiego es la música. Formidable, penetra en nuestro cuerpo y nos aleja por lo menos durante un instante de este mundo agobiante.

El tiempo adopta una textura áspera cuyo flujo interminable va erosionando nuestra alma. Nunca volveremos a ser los mismos después de este adagio denso que nos va moldeando como si fuéramos de arcilla y que va desparramando en su cadencia restos de nosotros que no recuperaremos.

Allegro non troppo


Las puertas se entreabren y la oscuridad comienza a desvanecerse. La presión se afloja y el aire se torna más liviano. Las palabras vuelven a fluir y el deseo retoma su imperio.

Levantamos las velas de nuestro navío y nos entregamos dócilmente a la voluntad del viento. Y mientras recibimos las caricias de la brisa marina, nos rascamos distraídamente la picazón provocada por las heridas que acaban de cicatrizar.

Fecha de origen: 10/06

No hay comentarios:

Publicar un comentario