miércoles, 26 de octubre de 2011

Una historia triste

Se despertó una mañana asaltado por un poderoso deseo. Lo sintió primero en su pecho, pero se extendió luego a su estómago, a sus riñones y su hígado para finalmente alcanzar sus extremidades y tornarlas más pesadas.

Se trataba de una compulsión que no había sentido antes, de una pretensión monumental que de repente se sentía capaz de consumar, de una tarea que muchos dioses hubieran considerado inabordable pero que se instaló en su voluntad con tanto vigor que ni el mejor orador de la historia podría haberlo convencido de su equivocación. Súbitamente deseaba acabar con la tristeza en el mundo.

Salió decidido, con una inmensa sonrisa, cargado de barriletes, de globos y de matracas y se fue a recorrer el mundo regalando a cada paso el obsequio que más encajaba con la mirada del sorprendido transeúnte. Sin embargo, poco pudo lograr con este primer intento: apenas alguna sonrisa tímida o la alegría de un niño pero más que nada indiferencia o incomprensión. Los otrora amantes continuaron desgarrando sus corazones, los anhelantes siguieron mascando su frustración sazonada con pastillas de colores y los acólitos del sistema decidieron una nueva reestructuración de sus empresas para enterrar en la explotación de sus semejantes una profunda tristeza.

Nuestro héroe no se desmoralizó con su fracaso. Imaginó que la tristeza provenía de la escasez de cosas alegres y entonces se puso a componer comedias y de sus manos brotaron las más hermosas y divertidas alguna vez escritas. Las difundió a través de libros, canciones y películas en todos los idiomas conocidos desde el catalán y el inglés pasando por el latín, el sánscrito y el zulú. Tampoco logró mucho con este nuevo intento más que las carcajadas ocasionales de aquellos que tuvieron el tiempo y la predisposición para dedicarle a su obra. Una vez dispersados los vapores de sus hilarantes composiciones, los problemas cotidianos recuperaban el imperio sobre sus mentes ensombreciendo nuevamente sus miradas.

Pensó entonces que quizás la única manera de lograr su objetivo era poner fin al capitalismo. Que quizás este sistema, al transformar a las personas en mercancías, las alejaba de su esencia y las condenaba a deambular sin rumbo y a naufragar en tierra firma vomitando sus almas en noches de borrachera.

Decidió entonces salir a terminar con el sistema. Compró armas, explosivos y estandartes, escribió panfletos y se puso en contacto con los líderes revolucionarios más renombrados. Pero a medida que los fue conociendo, se dio cuenta que ellos mismos eran portadores de la tristeza que él quería erradicar. Cuando abandonaban el púlpito y la adrenalina se disolvía en su sangre, revelaban en sus miradas ausentes la presencia de fantasmas que no podían dejar atrás. Se preguntó entonces si aquellos personajes grises si bien soñadores iban a poder guiar a la humanidad hacia un futuro que no se viera atravesado por torrentes inagotables de lágrimas, por el estruendo de frustraciones insoportables y por el doloroso silencio de la incomunicación.

Desmoralizado por sus intentos fallidos comenzó a entristecerse el mismo. Primero con formas vagas e indefinidas pero más tarde con contornos claros y precisos, la amargura fue apoderándose de su humanidad. Habiendo consumido su inmensa capacidad de desear en aquel objetivo monumental, no pudo oponerle resistencia. Lenta pero decididamente, la tristeza fue ocupando los lugares estratégicos de su existencia. Y finalmente, ante su total pasividad le asestó un golpe letal.

Su último suspiro se resistió heroicamente a atravesar sus labios y mientras no podía evitar remontarse hacia el cielo por su gran levedad, lanzó una mirada triste e impotente hacia el cuerpo que yacía cada vez más lejos, sin vida y completamente olvidado.

Fecha de origen: 03/07

No hay comentarios:

Publicar un comentario